El Circuito de Spa-Francorchamps, enclavado en el bosque de las Ardenas, alberga en su interior un famoso tesoro llamado Eau Rouge. Rodeada de un entorno natural espectacular, la curva más famosa y rápida del calendario de F1 espera desafiante el paso anual de los monoplazas. En aquel hermoso paraje, escenario de terribles acciones bélicas de la II Guerra Mundial, los pilotos y sus monoplazas libran anualmente una guerra contra la mítica sección.

Eau Rouge espera, imponente y majestuosa para medir la valentía de los que corredores que osan tomarla al asalto con sus máquinas. De ella, solo los más valientes, esos que son capaces de no levantar el pié del acelerador, salen vencedores.

 

Eau Rouge, la curva donde Ayrton Senna hablaba con Dios.

 

Los pilotos y sus máquinas, como los soldados y sus fusiles, se ponen a prueba en un giro que como decía Alain Prost “distingue a los hombres de los niños”.

Y es simplemente asomarse a los primeros centímetros de Eau Rouge, acelera el pulso y tensa los nervios. Ante los ojos de los corredores aparece una montaña rusa de 535 metros que produce vértigo. Su inicio está coronado por una cuesta abajo del 7% que traza un desnivel de 18 metros en apenas 25 metros que encoge el estómago. Se llega al final de la bajada a 300 km/h con el estómago convertido en una batidora. Allí los monoplazas rozan su fondo plano contra el asfalto que parece retorcerse. Las fuerzas G comprimen el cuerpo del corredor dentro del cockpit. En ese instante, la tentación de acariciar el freno es habitual porque allí, los nervios y la valentía como en cualquier guerra, se ponen a prueba. Después del trance, llega el viraje de izquierda-derecha-izquierda a través de una ascensión vertiginosa del 17% que desemboca en un viraje ciego. Los héroes que superan Eau Rouge tienen la sensación de haber conquistado esa bella y majestuosa colina con el fuego de artillería del enemigo cayendo a su lado.

 

Eau Rouge, la curva donde Ayrton Senna hablaba con Dios.

 

Según cuenta la leyenda, debe su color a la sangre de los pilotos que murieron trazándola. Sin embargo, realmente el rojo se debe al tono cobrizo del sedimento del riachuelo que la atraviesa.

Así es la curva en la que Ayrton Senna decía que hablaba con Dios. Con eso sobran más palabras. Su embrujo atrapa año tras año a todos los amantes del Motorsport.

 

Autor :  Javi Prieto /  @Willyeforever

Imágenes : wikipedia